18
Alfonso Quiroz Norris (1956-2013), el historiador incansable
era ver cómo se formaban e invertían los capitales para confirmar si era verdad
que toda la riqueza adquirida de la exportación del guano de las islas, utilizado
como fertilizante en las granjas y plantaciones de la Europa industrial, había
sido derrochada en artículos de lujo por parte de las élites, como la historiografía de entonces aseguraba. Sin embargo, encontró que se había exagerado el
valor de la deuda con el fin de enriquecerse a costa del Estado y que el principal
obstáculo para la formación de un mercado de capitales se encontraba además
dentro del propio Estado, donde existieron funcionarios cómplices de malos
manejos de la deuda.
Alfonso fue uno de los primeros peruanos en abrir una senda de estudios
doctorales en historia en Estados Unidos, un país que a comienzos de los años
ochenta vivía cierta crisis económica pero albergaba una dinámica comunidad
de historiadores latinoamericanos. Partió para ese país cuando aún buena parte
de los intelectuales e historiadores peruanos consideraban a París la meca de
los estudios de doctorado. Sin mayores contactos previos, postuló al respetado
Departamento de Historia de la Universidad de Columbia, uno de los centros
de estudios más completos y famosos del mundo. Allí captó la atención del
experimentado profesor Herbert S. Klein, quien le ofreció una beca para proseguir estudios de maestría y doctorado. Posteriormente, Alfonso y el profesor
Klein serían claves en la formación de varios historiadores peruanos en esa
Universidad, la mayoría de los cuales trabajan ahora en el Perú. En Columbia,
Alfonso prestó especial atención a los cursos de historia latinoamericana,
económica y al novísimo curso de historia cuantitativa que enseñaba a cómo
pensar históricamente utilizando operaciones estadísticas complejas como las
regresiones múltiples y sacarle todas las ventajas a los entonces novedosos recursos de la computación. Asimismo, aprendió más sobre algo del quehacer
histórico que ya le habían enseñado en Lima: que un buen historiador estudia
problemas nuevos, rebusca en archivos de la manera más minuciosa posible
y propone una nueva interpretación de los hechos estudiados. En Columbia,
Alfonso fue puliendo un estilo de investigar historia con pruebas fehacientes,
buscadas en todos los repositorios posibles. Algo más sobre su estilo de investigar y escribir. Al leerlo pareciera que estuviera convencido de que la historia es
una ciencia exacta, sin embargo su narración —pulida y cultivada con un esmero inagotable— no sacrificó el elegante estilo a la veracidad de su objeto. Para
Alfonso, el historiador no repite lo que dicen los discursos ni hace una revisión
superficial en los archivos, sino que sustenta solidamente sus interpretaciones
en hechos irrefutables.