CAPÍTULO IV: LA CORRUPCIÓN DE LOS NOVENTA EN LAS
INSTITUCIONES DE CONTROL, REGULACIÓN Y FISCALIZACIÓN
La CIDEF ha examinado diversas instituciones del aparato del Estado que tenían
la responsabilidad de advertir los signos de la gran corrupción económico y financiera
que estaba en curso durante los años noventa. Estos organismos debieron emitir señales
que refrenen a los gobernantes y alerten a la ciudadanía. Si hubieran cumplido su labor,
la corrupción no hubiera podido extenderse como un cáncer manejado por el núcleo
dirigente del Estado.
El principal organismo de este tipo es la Contraloría General de la República,
CGR, fundada en 1930 y con un largo historial como institución poco considerada por
los mandatarios. Así, siempre fue una institución pobremente equipada y con retrasos
tecnológicos; además, los sueldos de su personal no eran competitivos con la actividad
privada y las responsabilidades eran atendidas a desgano por quienes ejercían el poder.
En la última fase de nuestra historia republicana, la mejor época de la CGR fue
bajo Miguel Ángel Cussianovich, quien imprimió un rumbo honesto en medio de las
dificultades de todo tipo que tuvo que encarar. En 1992 fue reorganizada drásticamente
por la Contralora María Herminia Drago, quien despidió a una buena parte del personal
(740 de 860 trabajadores), incluyendo a los auditores más experimentados. Luego, la
CGR quedó muy debilitada y fue electo Contralor Víctor Caso Lay, que ejerció el cargo
durante siete años, 1993-2000.
La CGR es el organismo rector del Sistema Nacional de Control, que abarca
además a las auditorías internas de cada repartición pública y a las empresas privadas
auditoras registradas. Cada uno cumple una parte de las responsabilidades. En teoría, el
engranaje funciona sin dificultad, pero en la práctica se registran muchas deficiencias. En
principio, las auditorías internas están dentro de cada institución y deberían enviar alertas
tempranas verificando que la administración funcione con normalidad. Mientras que, las
auditorias privadas siguen procedimientos estandarizados para aligerar el trabajo de
verificación documental que emprende la CGR. Si embargo, no hay una red informática
que conecte a las partes; los organismos de auditoría interna son removidos a voluntad
de sus jefes y carecen de toda independencia; algunas empresas de auditoria privadas
registradas son sospechosas de movilizar influencias para pasar los controles en
cualquier circunstancia; y por si fuera poco las recomendaciones de CGR caen en saco
roto. Cuando ingresó el gobierno de transición encontró una inmensa cantidad de
procesos abiertos incompletos y además, una extraordinaria cantidad de resoluciones
adoptadas por CGR e ignoradas por las reparticiones teóricamente obligadas a acatarlas.
Víctor Caso Lay puso en marcha un sistema que brillaba por su ineficiencia.
Durante los siete años de su gestión, sólo se aprobaron planes en dos de ellos, los otros
cinco se funcionó sin estrategia definida. Esa ineficiencia sirvió para omitir
verificaciones indispensables de importantes casos de corrupción. Por ejemplo, tal y
como están denunciando las comisiones investigadoras del Congreso, todo el proceso de
compra de armamento necesitaba de autorización de la CGR, y ésta otorgó las
autorizaciones sin realizar las verificaciones indispensables.
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