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Alfonso W. Quiroz
oidores era enriquecerse, mientras que los oficiales de cajas reales, a los que se
debían supervisar cercanamente y prohibirles granjerías privadas, se aprovechaban del real tesoro en sus tratos con particulares. Los corregidores eran como
langostas, proseguía Aponte, pues actuaban más como mercaderes y tratantes
que como jueces, al introducir ilegalmente grandes cantidades de vino en sus
corregimientos para su venta a un alto precio a los indios de sus distritos, además de albergar juegos prohibidos de cartas.
Entre los muchos males identificados por Aponte en 1622, el más dañino
para la economía colonial era la administración corrupta del asiento minero de
Huancavelica. Su manejo como monopolio real era desastroso: «[es] el peso y
lastre de este reino del Perú, y la cosa que V. M. más encarga todos los años y en
la que menos diligencias se hacen de su aumento».46 Las minas de Huancavelica
habían sido trabajadas en forma negligente desde su temprana explotación.
Los estribos y arcos que sostenían los techos de las minas habían sido dañados o destruidos en la búsqueda por obtener mineral en forma fácil sin cuidar
la infraestructura esencial y su restauración. En consecuencia, los frecuentes
derrumbes mataban a muchos indios que trabajaban en las minas. Las autoridades no castigaban esta práctica abusiva y costosa. Más aún, las autoridades se
apropiaban de parte del mineral de mercurio producido en lugar de distribuirlo,
como era propio, entre los mineros de plata que lo necesitaban para sus obras
de refinamiento. Los oficiales reales tampoco implementaban mejoras e imprescindibles técnicas como la debida ventilación y un socavón de desagüe. Los
indios reclutados en número insuficiente a través del sistema de la mita eran
sobreexplotados. Muchos de ellos morían debido al agotamiento y a las enfermedades. Las empobrecidas comunidades de indígenas y sus curacas se veían
precisados a pagar por la exoneración de este servicio laboral en las minas. Con
la complicidad de los corregidores, los mineros se beneficiaban de estos pagos
ilegales, abusaban de los indios que trabajaban para ellos y atentaban contra la
productividad de las minas.47
La imagen que Aponte tenía de la situación de las minas de Huancavelica
queda corroborada por la correspondencia oficial de la segunda mitad del siglo
XVII y de las décadas posteriores. En 1645, el marqués de Mancera, virrey
entre 1639 y 1648, afirmó que, al asumir su cargo, la minería del mercurio en
46. Aponte, Juan de. Ob. cit., ff. 150v-151.
47. Ibíd., ff. 152-153v.
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