Prefacio
T
ras completar un estudio inicial sobre el notorio mal uso de fondos públicos en la temprana era del guano, mis posteriores investigaciones continuaron detectando múltiples escándalos de corrupción de honda huella en la
memoria colectiva peruana. Noté entonces que, en el Perú, la corrupción no
era algo esporádico sino, más bien, un elemento sistémico, enraizado en estructuras centrales de la sociedad. Sin embargo, una limitación crucial estorbaba el
examen exhaustivo de cómo el abuso de la corrupción influyó en la evolución
histórica de un país subdesarrollado. Me parecía que faltaba un marco analítico
adecuado para evaluar un difundido fenómeno que la mayoría de estudiosos
consideraba anecdótico, intratable por lo espinoso y hasta de cierta utilidad
práctica.
En 1995, me topé con literatura nueva sobre los efectos económicos
e institucionales que la corrupción tiene en los países en vías de desarrollo.
Innovadores enfoques demostraban, con rigor analítico, el negativo impacto
de los altos índices de corrupción en el crecimiento económico y el capital
humano, particularmente en los países menos desarrollados. En esencia, estos
novedosos estudios representaban una reacción académica y jurídica ante la
creciente ola de corrupción que se daba entonces simultáneamente en varias
partes del mundo. Seguidamente, advertí las nuevas posibilidades que se abrían
para el estudio histórico de la corrupción si se establecían conexiones entre el
desarrollo frustrado del pasado y los niveles históricos de corrupción en determinadas sociedades.
En la década de 1990, los destapes de escándalos en el ámbito global
contribuyeron a la noción de que, para los gobiernos latinoamericanos, la
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