Comisión de Delitos Económicos y Financieros 1990-2001
Área de Bancos
3-jul-02
En la liquidación de la Banca de Fomento se observa un proceso de desentendimiento
de las responsabilidades que dificultan: un saneamiento real de la cartera y una real
política de lucha contra la corrupción. Así, se generó un total desorden en las
Comisiones Liquidadoras de la Banca de Fomento y la Comisión Administradora de
Carteras que habría beneficiado a grandes deudores. La conclusión del proceso de la
disolución y liquidación de los cuatro bancos de fomento debería ser retomada y
encargada a la Superintendencia de Banca y Seguros y ejecutado conforme a lo
dispuesto por la Ley General de las Instituciones Financieras, Bancarias y de Seguros,
lo cual aseguraría ejecutar un proceso ordenado, controlado y supervisado y que no se
dilate más en el tiempo.
Debería eliminarse la administración de carteras crediticias a cargo del Estado mediante
la Comisión Administradora de Carteras. En la práctica el proceso de cobranza implicó
la intervención del Estado en el primer piso del sistema bancario, yendo en contra del
mismo espíritu privatista de la Ley de Bancos. Se debería optar por alguna de las
siguientes alternativas o combinación de ellas:
a. Vender las carteras de créditos a los bancos privados;
b. Encargar la cobranza de las carteras de créditos a los bancos privados pero
bajo criterios claramente definidos y con encargo a la SBS de realizar una
supervisión efectiva al proceso;
c. Vender los activos que respaldan (o garantizan) los créditos transferidos al
Estado; y
d. Titulizar las carteras mediante la creación de fideicomisos, emitiendo títulos
valores respaldados por los flujos de ingresos que generen dichas carteras.
Luego el Estado subastaría estos títulos valores en el mercado, donde el
mercado pagará por dichos títulos el precio que el mercado considere como
más justo.
Debe quedar claro que cualquiera que fuera la alternativa escogida, el Estado debería
deshacerse de dichas carteras.
El sistema de administración de carteras entró en un proceso poco transparente que
habría permitido: a) beneficiar a grandes deudores (como Cobrelsa, Prolacsur) para que
se disminuyeran o recalcularan los fondos adeudados; b) ejecutar garantías de deudores,
transfiriéndolos a personas vinculadas a los deudores originales; y c) en el caso de los
pequeños deudores, utilizarlos como pretexto para condonar o reducir los saldos
deudores de los grandes deudores.
La principal lección que dejó la Banca de Fomento y la demanda no satisfecha por los
intermediarios privados durante la última década, es la necesidad de cambiar la
tecnología crediticia para poder llegar al segmento de la población que no está siendo
atendido por el sistema financiero. Esta tecnología debe ampararse en el análisis de los
flujos de caja para el diseño de productos financieros estandarizados que puedan ser
repetidos a mayor escala. Este esquema debería ser considerado para la implementación
del nuevo Banco Agropecuario.
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